lunes, 11 de abril de 2011

LENGUAJE Y REALIDAD

La relación entre lenguaje y realidad es una relación con historia dentro del mundo de la filosofía. Para Platón una cosa cualquiera del mundo sensible (por ejemplo un caballo) procede de una forma pura que es la idea de esa cosa. En consecuencia, para Platón el caballo que observamos en la realidad procedería de una especie de caballo ideal que habita en el mundo de las formas puras. A su vez, ese caballo ideal es algo así como una especie de molde perfecto en que habrían sido gestados todos los caballos imperfectos que habitan nuestro mundo material. Cada vez que en nuestro mundo miramos un caballo, nos enfrentamos con una suerte de depreciación material de la idea de caballo, es decir, todos los caballos del mundo material serían copias imperfectas del caballo ideal que vive en el mundo de las formas puras. De esta manera pensaba Platón la relación entre las cosas materiales y las ideas. Las primeras eran imperfectas y las segundas eran perfectas. Las cosas materiales cambiaban y eventualmente morían, mientras que las ideas permanecían inalterables y eran eternas. Para el filósofo griego las ideas eran la esencia de las cosas, por ende, una palabra como “caballo” contenía la esencia del animal real que llamamos de ese modo.
Esta forma de pensar la relación entre las palabras y las cosas fue cambiando con el correr del tiempo, dando lugar en la Edad Media a la famosa disputa de los universales. En ella se enfrentaron dos posiciones: por un lado estaban los universalistas y por el otro los nominalistas. Para comprender cuáles eran las posiciones de cada bando, tomaremos un ejemplo de sus disputas, el llamado caso del “nombre de la rosa” el cual se expresa mediante la siguiente pregunta: ¿Cuándo decimos “rosa” estamos utilizando: a) sólo una palabra arbitraria y convencionalmente aceptada para aludir a una flor, o bien b) una palabra que es en sí misma un atributo del ser universal “rosa”?
La respuesta de los universalistas es b), mientras que las de los nominalistas es a).
Los universalistas creían, como Platón, en la existencia de una especie de cielo de las formas puras en el cual moraban todos los universales. ¿Qué eran estos universales? Pues ni más ni menos que las ideas de todas las cosas que existen. O sea, en dicho cielo vivía tanto la idea perfecta de la “rosa”, como la idea perfecta del “león”, de la “mesa”, del “ser humano”, etc. Y así como la rosa cuenta entre sus atributos el tener pétalos, tallo y pistilo, también cuenta entre ellos el tener un nombre compuesto por estas letras R-O-S-A. Este nombre no sería arbitrario y convencional, es decir, no se lo habrían puesto los seres humanos caprichosamente, sino que por el contrario, vendría incorporado en el ser mismo de la flor. Para que se entienda mejor la posición de los universalistas hagamos esta sencilla pregunta: ¿Un hombre cualquiera se llama “José” porque su ser mismo traía antes de nacer este nombre de vaya a saber dónde, o se llama “José” porque así le pusieron sus padres, quienes podrían haberle puesto otros nombres como “Enrique” o “Camilo”?
La mayoría de nosotros dirá que alguien se llama “José” porque sus padres le pusieron este nombre, el cual es arbitrario pues no guarda ninguna relación especial con el ser humano que lo porta. Es decir, dicho humano sería exactamente el mismo si llevara otro nombre propio como “Enrique” o “Camilo”. Pensar de este modo nos acerca a la posición de los nominalistas, para quienes la rosa como flor (objeto material producto del reino vegetal) era radicalmente diferente a la rosa como nombre (entidad lingüística producto de la cultura humana). Y lo era, porque el nombre de la rosa no era un atributo que traía consigo la flor en cuestión, sino que sólo era una simple palabra convencionalmente admitida para referirnos a una flor determinada.
Uno de los mayores nominalistas que dio la filosofía medieval fue Guillermo de Ockham (1298-1349) quien sostuvo que era absurdo pensar que al concepto de universal pueda corresponderle algo universal concreto, puesto que algo que es universal no puede estar presente en objetos particulares. Esto significa que no puede existir el universal “rosa” en el objeto ideal “rosa”, ya que no puede ser universal algo particular. Más aún, es totalmente absurdo pensar que el universal del término “universal” es un objeto particular: el “universal” ideal. De esta manera, Ockham rompió con el esencialismo de raíz platónica que pretendía que la naturaleza (que incluía al mundo de las formas puras) era la base para explicar el conocimiento universal. Este tipo de conocimiento existe, pero no está en un lugar humanamente inaccesible de la naturaleza (o sea, en ese mundo de las formas puras) sino que está en el plano intelectual (in anima). Para Ockham las cosas son de este modo:

lo general sólo existe in anima
sólo lo individual es real

Al decir que lo general sólo existe in anima, Ockham nos está diciendo que las palabras son cosas generales que existen en el intelecto de los seres humanos, de tal modo que la palabra “caballo” es algo que existe en la mente de los humanos, quienes la usan para referirse a cualquier individuo real que se ajusta a la definición de “caballo”.
Un esquema aclarará las cosas:







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